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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

El cadáver que derrotó a un valentino cubano

“Yo era apuesto, tenía pelo y estaba ranqueado como uno de los tipos más satos del hemisferio occidental”, me dijo un día en Bohemia Tony Martin
Agustín Lara

Agustín Lara

El “muerto-vivo”

“Yo era apuesto, tenía pelo y estaba ranqueado como uno de los tipos más satos del hemisferio occidental”, me dijo un día en Bohemia Tony Martin, Cebolla, mientras se acariciaba la calva esplendorosa.

“Aquel día estaba en Rancho Boyeros, en espera del avión que me conduciría a Ciudad México, donde iba a cubrir periodísticamente una toma de posesión presidencial. Creo que la de Ruiz Cortines”, rememoraba mi interlocutor.

“De pronto, Yeyo, el milagro. Decir solo que aquello era una mujer sería restarle puntos, y ella tenía los 100, redonditos, ni uno menos”, calificaba Tony.

“Momentáneamente, la suerte me acompañó. El asiento inmediato a la dama estaba desocupado. Yo le expliqué, con toda la salpiconería del mundo, que si no me sentaba junto a ella iba a llegar con tortícolis a Ciudad México. Le causó gracia mi salida, y me invitó a ocupar el asiento”, recordaba Tony, con un fulgor en los ojos entre satánico y divertido.

“Viajábamos en un DC-4, que tenía una barrita hacia la cola. Ni corto ni perezoso, invité a aquella visión a tomarnos un traguito”.

“Una de las banquetas estaba ocupada por un individuo de aspecto cadavérico. Ver a mi acompañante y quedar fascinado fue lo mismo. Y entonces hizo la cosa más loca del mundo: apuró el España en llamas que bebía, rompió la copa contra la barra, hiriéndose un dedo de paso, y, mirándola fijamente se guardó en un bolsillo del bien cortado traje, como souvenir, un fragmento de cristal”.

“Aquella locura motivó que de inmediato la dama perdiese interés en mí. Quedó como embobecida por aquel muerto-vivo”.

“Ah, mulato, olvidé decirte que mi rival se llamaba Agustín Lara”.

 

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