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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

El compositor cubano que le exprimió el corazón a medio mundo

A los veinticinco años Osvaldo Farrés está en la capital, hasta que ingresa en el mundo de la publicidad. Según parece allí entró con pie derecho, pues pronto tiene a su cargo la atención de dos empresas: la cervecera Polar y la jabonera La Llave.
Osvaldo Farrés

Osvaldo Farrés

Ese pueblecito, acurrucado en la cintura de la Isla, no sospecha que aquel 13 de enero de 1902 está siendo objeto de un privilegio providencial.

Nace un pequeño, lo cual no merece primera plana periodística en lugar alguno. Es bautizado como Osvaldo Farré, nombre que después evolucionará a Osvaldo Farrés.

Lo habitual: juegos infantiles, escuela.

Hasta aquella tarde en la cual la maestra, armada con la sabiduría que solo tienen los dómines auténticos, le profetiza: “A ti… a ti, ¡este pueblo, Quemado de Güines, te va a resultar pequeño!”.

A los veinticinco años está en la capital. Hará de todo: estudiante de dibujo, montador de muelles en una colchonería, pintor paisajista, mensajero a horcajadas sobre una bicicleta, empleado bancario, diseñador de carrozas carnavalescas.

Hasta que ingresa en el mundo de la publicidad. Según parece allí entró con pie derecho, pues pronto tiene a su cargo la atención de dos empresas: la cervecera Polar y la jabonera La Llave.

Pero lleva dentro de sí un bichito que jamás lo abandonará. “Casi sin proponérmelo —según confesó — comencé a crear mis primeras composiciones musicales. Jamás pensé convertirme en un compositor. Ni la canción ni la música entraban en mis planes, y mucho menos había imaginado que hubiese podido vivir de ellas”, confesó.

En 1937 da a conocer —en un plano íntimo, entre amigos— la guajira son Mis Cinco Hijos (“Pedro, Pablo, Chucho, Jacinto, José…”), una joyita humorística que cae dentro de la llamada chivadera cubiche y que después fue interpretada por Miguelito Valdés y la Orquesta Casino de la Playa.

A esta pieza seguirían trescientas más, a lo largo de su vida, entre ellas cimas de la cancionística como Quizás, quizás, quizás, Para que sufras, No me vayas a engañar. Y también esa pieza que estremece a cualquier miembro del género humano que haya amado mucho y bien: Toda una vida. (A pesar de que para él lo grabado en un pentagrama era como si estuviese escrito en sánscrito).

Hacia 1940 su prestigio rebasa nuestras fronteras, cuando la mexicana Toña la Negra interpreta el ternísimo bolero Acércate más, que después figuraría, titulado Come Closer to Me, en un filme de la Metro Goldwin Mayer, protagonizado por Esther Williams y Lucille Ball.

En esa misma década se convierte en campeón del rating cubano, con su Bar Melódico de Osvaldo Farrés, primero radial y más tarde televisivo, por donde desfilaron figuras del estrellato que iban de Josephine Baker a Sarita Montiel, de Nat King Cole a Maurice Chevalier.

Para finalizar, un chisme.

Andaba Farrés por un pasillo de la CMQ cuando se encontró con una muchacha, a la cual le llevaba treinta años, y le disparó a boca de jarro: «¿Esas piernas son suyas o se las prestó un ángel?».

La chica, llamada Fina, sufrió un sísmico estremecimiento, que la llevó a ser la compañera del compositor durante toda la restante vida de éste.

Ya fallecido Farrés, en una ocasión la prensa abordó a Fina, interrogándola sobre su esposo. Poco obtuvieron, pues ella se deshizo en llanto.

Por tanto, no hay que ser muy imaginativo para tener la convicción de que Osvaldo, además de un brillante cantor del tierno sentimiento, fue también un portentoso amador.

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