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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

El orgullo de hacer televisión

En torno a las posibilidades y oportunidades de los realizadores

Desde 1950, ininterrumpidamente, nuestra televisión abierta permitió acceder en tiempo real a numerosas horas de programación diaria.

 

En menos de dos años, miles de cubanos de variados sectores sociales, formación, razas, sexos y niveles educacionales, tanto en las urbes capitales como en territorios adyacentes a lo largo del archipiélago, accedieron mediante diversas modalidades a sus imágenes.

Nuestro servicio público desde 1960 amplió la cobertura televisiva,  anuló numerosas zonas de silencio y catapultó la tenencia de televisores en los hogares. 

Gradualmente se estructuró uno de los mayores sistemas audiovisuales de servicio público de la región de habla hispana. En consecuencia, cuando una obra televisiva cubana se emite en la pantalla chica, la ven millones de televidentes.

Paradójicamente, la televisión cubana -que se configuró como sistema e industria mucho antes que el cine-  hizo de los dramatizados de ficción romántica e histórica, los musicales, la información y el deporte, los ejes fundamentales de su programación.

A partir del Periodo Especial, algunas de estas tradiciones, mantenidas durante más de 30 años, casi han desaparecido.  

Del amplio catálogo de dramatizados de ficción solo alcanza mayor estabilidad una telenovela anual y, excepcionalmente, algunas series sobre la vida contemporánea o de temáticas históricas.

Atrás quedaron las versiones de novelas, cuentos y aventuras literarias que tanto incentivaron el hábito de lectura y la cultura general de nuestra población. La mayoría son reemplazados por documentales, musicales y, sobre todo,   revistas informativas y entrevistas.

El argumento más reiterado para este comportamiento productivo ha sido la situación financiera y la escasez de insumos y recursos demandados por la escenificación en pantalla, pero las millonarias inversiones de las últimas competencias de habilidades artísticas se han mantenido por años sucesivos en contra de la naturaleza misma de este formato.  

En consecuencia, realizadores, escritores, músicos, actores y actrices ven reducido sensiblemente su trabajo, fuente de ingreso cotidiano y desarrollo creativo.

Desde otro ángulo, actores y actrices envejecen sin interpretar roles clásicos que forjan a esta disciplina porque nuestra producción prioriza  predominantemente la realidad contemporánea.

Así las cosas, creadores e intérpretes emigran hacia otras zonas creativas televisivas –conducción o animación de espectáculos fuera de los medios–, por no hablar de las decenas que aportan saberes y talentos a las televisoras en otros países.     

El arte radial y televisivo fue considerado por mucho tiempo inferior al cine. Muchos consideran aún que en el audiovisual la televisión es un arte menor, comparado con el  cine, al que ven como su consagración.

En esta visión hay elementos objetivos  y subjetivos y no solo aspectos artísticos sino también mercantiles, económicos y sobre todo simbólicos: 

Cuando una obra se ve en la televisión la ven millones, mientras que en una sala de cine su cifra se reduce –cuando más– a algunos  miles. No obstante, ciertos creadores televisivos sienten que alcanzan el Nirvana cuando una de ellas se proyecta fuera de la pequeña pantalla.

Las mismas historias que por decenios hicieron en nuestros unitarios –cuando extienden su tiempo, casi con los mismos recursos y tecnologías– devienen en largometraje que los lanza al cine nacional.  

El flujo de las historias, los personajes y las figuras por los escenarios mediáticos es propio de la historia de la Industria Cultural cubana –no solo desde la fundación de nuestra primera televisora– sino durante el devenir de la radio.

Entonces, nuestros artistas simultaneaban radio, televisión, cine –nacional o regional– teatro  y publicidad pero ninguno se frustró por hacer solo televisión y preservaron su dignidad, gratitud y orgullo por la “cajita” que les sustentaba, donde muchos se formaron y adquirieron experiencia y popularidad.  

Sabemos que el ser humano crece con la superación y exploración personal y busca nuevos horizontes. Ha sido tan prolongada la crisis productiva, tecnológica u organizativa de la televisión, que puede comprenderse el deseo de emigrar de medios o de profesión.

Todos los medios de comunicación tienen su propio lenguaje, herramientas, recursos, tiempo, singularidades y valores artísticos. El cine no es superior sino diferente.

Ponderando habilidades, esfuerzos, capacidades y talento salta a la vista que la producción televisiva demanda mayor esfuerzo creativo y laboreo:

Hacer una película en un quinquenio o decenio, o crear y difundir decenas de obras televisivas de indudable valor artístico e impacto social, sin hablar de los laboriosos seriales dramatizados y otros formatos, no es nada despreciable; por el contrario, una gestión muy dignificante.    

El tiempo –el mejor amigo del hombre– ha de revelar que muchas motivaciones no eran solo artísticas.

La metamorfosis en cineastas –pese a su notoriedad y otros beneficios de los que carece nuestra televisión pública bloqueada– no implica mayor arte y talento, salvo aisladas y honrosas excepciones.  

Los que el famoso Fernando Virri llamó teleastas; no son inferiores a los cineastas.

 

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