Jolgorio y duelo: una misma fecha signada para grandes
El 3 de agosto quedará definitivamente signado por el recuerdo: el nacimiento de un grande de la guitarra en Cuba, Ñico Rojas, y la despedida física de uno de los rostros más carismáticos de las artes escénicas de la Isla, Paula Alí.
Dos nombres y dos historias que privilegian el donaire y el profesionalismo, la humildad y el más genuino compromiso con esta nación desde sus respectivas carreras. Dos Premios Nacionales: el primero, de Ingeniería Hidráulica; la segunda, de Televisión.
Entre La Habana y Matanzas transcurrió la vida de una de las manos más prodigiosas para componer música cubana desde la guitarra: Ñico Rojas, figura fundacional del filin y un creador que supo fundir lo culto y lo popular para hacerlo trascender. Un 3 de agosto de 1921, en el habanero barrio de Santos Suárez, vio la luz este hombre que llenó sus días de música.
Con apenas ocho años comenzó a interesarse por la música de concierto. Beethoven, Bach, Chaikovski y Vivaldi, entre otros de sus compositores predilectos, se convirtieron en habituales acompañantes, cuyas influencias pueden apreciarse en muchas de sus creaciones: danzones, sones, guajiras e, incluso, rumbas escritas para guitarra.
Fue, en un principio, el profesor español Nicolás Montalvo quien lo acercó a los clásicos, no mediante una fría grabación, sino a través de la magia de un concierto en vivo. Aquella pasión, acrecentada con el tiempo y las experiencias de vida, lo convirtió en un perfecto aliado de la música y los cálculos, al llegar a ser toda una autoridad en la enseñanza de la asignatura de Acueducto dentro de la especialidad de Ingeniería Hidráulica.
Las aguas de Matanzas conocieron de su sabiduría, al igual que los habitantes de la Atenas de Cuba, ciudad donde Rojas vivió durante muchos años regalando su música. La radio provincial y la televisión cubana también promovieron el valor de piezas memorables como la guajira A mi madre, Saldiguera y Virulilla.
En la radio matancera, Rojas estrenó muchas de sus composiciones y compartió con figuras paradigmáticas de la música cubana, así como con artistas menos mediáticos. En una ocasión contó, lleno de vergüenza, que entre 1955 y 1960 fue anfitrión, en lo que hoy es Radio 26, del programa Media hora con Ñico Rojas, espacio donde, además de ofrecer música seleccionada, invitaba a especialistas que, junto a su profesión, mantenían vínculos con el arte musical.
En cierta oportunidad convocó a un médico cuya excelencia profesional era ampliamente reconocida, aunque no así sus aptitudes artísticas. El galeno no cumplió las expectativas y aquella decisión tuvo consecuencias inesperadas. Los oyentes quedaron profundamente decepcionados e, incluso, Rojas fue llamado por un funcionario de la emisora, quien le preguntó:
—Ñico, ¿quién era ese individuo que usted llevó ayer a su programa? Usted parece no imaginar el respeto que se le tiene en esta emisora y lo que representa su media hora para tanta gente. Ganarse esa consideración cuesta mucho trabajo, pero puede perderse en un segundo.
A partir de aquella experiencia, el músico comprendió el enorme valor que había alcanzado el programa entre la radioaudiencia y la responsabilidad social que implicaba conducir un espacio de tanta aceptación. Por eso afirmaba:
“Las personas que siguen un programa lo hacen, ante todo, para disfrutarlo. Quienes somos responsables de ese placer no tenemos derecho a decepcionarlas”.
Esa fue la máxima que rigió toda su labor por y para la música.
Así lo demostró también durante sus numerosas presentaciones en el antiguo Canal 6, donde compartió escenario con una anfitriona excepcional: Esther Borja. La inolvidable Damisela encantadora elogió en más de una ocasión, además de su maestría como compositor e intérprete, su inquebrantable condición de caballero.
Recordar la vida de Ñico Rojas será siempre motivo de satisfacción, como también lo serán los conflictos, las ocurrencias y la entrañable humanidad de Paula Alí, actriz simpática y empática que lo mismo hizo reír que arrancó más de una lágrima.
Aún resuena la triste noticia de la partida física de la más reciente Premio Nacional de Televisión. Paula Alí dejó una huella imborrable en obras teatrales como La casa de Bernarda Alba, Milanés, Ni un sí ni un no, Yerma y Monólogos de la vagina; en telenovelas como Retablo personal, Sin perder la ternura, Las huérfanas de la Obrapía, Salir de noche, Sábados de gloria y Los hijos de Pandora; además de su participación en seriados como Punto G y en numerosas propuestas cinematográficas.
En una entrevista nos confesó que actuar era su manera de vivir, solo que desde otra dimensión: frente a las cámaras, ante un micrófono o, quizás lo más desafiante, delante de un público sentado en una sala de teatro. En cualquiera de esos escenarios mantuvo las mismas exigencias de rigor, disciplina y ética profesional.
Siempre respetuosa del texto, de la visión del director y del colectivo artístico que la acompañaba, Paula Alí convertía cada proyecto en una familia. Dispuesta a escuchar, compartir y aprender de cada gesto, cada matiz y cada experiencia, hizo de la humildad una de sus mayores virtudes. Nunca supo explicar de dónde provenía esa mirada humorística con la que observaba la vida; simplemente la asumía con la nobleza de una sonrisa limpia y la autenticidad de quien nunca dejó de ser ella misma.
Por estos días continuarán multiplicándose los homenajes a sus valores profesionales y humanos. Ante el hecho irreversible de no verla más físicamente, queda el inmenso legado de felicidad que sembró con su presencia, del mismo modo en que Ñico Rojas se definía feliz como padre, esposo y eterno enamorado de la música.