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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

La guerra del aire.

¿Sabía usted que en Cuba tuvimos nuestra propia guerra de las galaxias?

No se trata de una broma, le aseguro que es cierto. Nos faltaron las naves espaciales y los deslumbrantes efectos  cinematográficos, pero… hasta ahí. No tuvimos nada más que envidiarle a la conocida saga hollywoodense. Incluso, exhibimos en el campo de batalla nuestros propios y flamantes imperios, protagonistas, como corresponde en estos casos, de un desenlace sensacional.

A este conflicto cubano del espacio se le conoce mejor como la guerra del aire. Allá por los años 40 del siglo XX, los mayores emporios de la radiodifusión cubana de entonces, RHC Cadena Azul, de Amado Trinidad, y CMQ Radio, de Goar Mestre, desencadenaron una verdadera lucha por la audiencia. Nuestro espectro radiofónico resultó el  escenario principal, aunque también hubo alguna que otra escaramuza en periódicos y revistas de la época. ¿El objetivo? Desplazar definitivamente al contrario de los primeros lugares de popularidad.

Quizás por aquello de que en el amor y la guerra todo vale, tanto el guajiro Trinidad como el clan Mestre utilizaron hasta lo inimaginable para salir airosos: robo de talentos, regalos, compra de radios de una sola frecuencia y cualquier otro recurso disponible, aún cuando quedara en el camino la propia calidad de los  programas.

Esta confrontación, a ratos caricaturesca, es un ejemplo de la importancia que por entonces, en medio de lógicas  mediáticas capitalistas, se le confería al indicador audiencia y a las  estructuras y prácticas encargadas de monitorearlo.  Todavía hoy, varias décadas después imperan las mismas dinámicas, de modo que entre la mayoría de las televisoras y emisoras radiales del planeta la guerra del aire continúa.

Desde los  albores del cine, la radio y la televisión, sus realizadores aspiraron a ganar audiencias para sus esfuerzos técnicos y creativos. Sin embargo, no fue hasta que los grandes capitales se percataron del enorme potencial propagandístico de estos medios, que comenzaron a transformarlos en espacios ideales para influir en el consumo de los públicos.

Aquellos fueron los primeros pasos de lo que poco después llegó a ser una verdadera tiranía: los resultados de audiencia. Sobre esos indicadores ha estado y permanecerá en lo adelante toda la atención de los patrocinadores, importantes actores en el proceso productivo, encargados de colocar aquí o allá, según convenga, sus recursos, imprescindibles en la subsistencia de los medios. Al menos tal y como se conciben en el mundo del capital.

El diabólico mecanismo de los surveys[i]

Pocos, entre quienes hoy recorren los pasillos de Radiocentro, pueden recordar el auténtico frenesí que provocaban los surveys a guionistas, realizadores, dueños de medios y lógicamente a los anunciantes. Ha pasado mucho tiempo, la mayoría de los protagonistas de entonces ya no está. Se trata de una historia desconocida para muchos que, frente a la casi total ausencia de espíritu competitivo que sufren los medios hoy resulta un tanto insólita, como de ciencia ficción.

Todos, en el mundo de la radio, tenían que ver con el survey, una encuesta trimestral que ubicaba por puntos a los espacios más escuchados de la radio nacional. Las principales decisiones en cada programa dependían en gran medida de sus resultados. Incluso, aquellas emisoras que no podían competir con los grandes monopolios radiales de entonces, se mantenían pendientes de los resultados del survey para comprobar si alguna de sus propuestas se había “colado” en la encarnizada competencia o, al menos, mantenía su audiencia.

La sección  Radiolandia, publicada por la revista Bohemia para cronicar aquel folletinesco mundo de la radio, nos describe con marcado tono burlesco el funcionamiento de lo que llamaron el “diabólico mecanismo de los surveys

Si el rating de una audición hablada (…) ha aumentado varios puntos, no habrá problemas, su autor, intérpretes y técnicos recibirán múltiples parabienes. Pero si por el contrario el espacio acusa un descenso en su promedio de oyentes, pronto el autor y sus colaboradores tendrán que concurrir ante la mesa del jefe de producción de la emisora o ante la del Director de Radio del anunciante¨.

“En tan difíciles momentos el escritor, como el acusado ante el severo fiscal, será presa de un extraño desasosiego. Enseguida, con el rostro nublado por la contrariedad, su interlocutor le lanzará la pregunta de ritual: ¿qué pasa con ese programa? El autor expone su opinión, el otro la suya y al final si ambos conocen los resortes radiofónicos que pueden apretar, habrán decidido de acuerdo con las circunstancias”.

“Si a pesar de las medidas tomadas el siguiente survey demuestra que el programa ha bajado más puntos, su muerte está decretada. Pronto otro espectáculo ocupará su tiempo”.[ii]

Félix B´Caignet, autor de uno de los mayores sucesos mediáticos de nuestra región, la radionovela El derecho de nacer, aseguró en una entrevista que mientras desarrollaba sus guiones “(…) hacía mis propios surveys, visitaba las casas y preguntaba por qué les gustaban determinados programas”.

Varios entendidos se cuestionan que con su intenso ritmo de trabajo, difícilmente pudiera retroalimentarse tan de primera mano, si bien nadie duda de su conocimiento de los resortes que debía disparar en cada caso. Ciertamente, en la radio de aquellos años, tanto él como el menos consagrado de los escritores dependían, como pesada espada de Damocles, de los resultados de audiencia.

Decir surveys, significaba pronunciar  santa palabra. No precisamente por su seriedad y rigor científico, sino porque eran para la época, el más validado acercamiento a las opiniones de los oyentes, traducido al lenguaje del poderoso caballero, de los consumidores.

A todo tipo de atentado contra la calidad de la radio cubana, plagada por entonces de talentos y paradigmas, nos llevó aquella desmesurada visión comercial del medio, que condicionó absolutamente el uso de los resultados de audiencia, y el desarrollo de este tipo de investigación en Cuba.

La última batalla de la guerra del aire.

El punto cumbre de aquel combate desleal por la audiencia llegó con los concursos y planes de regalos. En plena confrontación Amado Trinidad, dueño de RHC Cadena Azul, apostó por dichos planes para aventajar a la potente CMQ “Con los bloques de programas y con el plan de regalos, en el próximo survey pienso aventajar a CMQ en la Habana, en más de tres puntos y duplicarle su audiencia en el interior”,[iii] declaraba eufórico Trinidad.

Inmersos en una especie de vértigo, se suman a la comparsa periódicos y revistas, incluso los más serios, que comandados por las emisoras contribuyen  a la nueva estrategia. Los planes exigían de los oyentes una atención continua a las transmisiones para aspirar al obsequio de turno, ya fuese un automóvil, un viaje al exterior o una vivienda.

“(…) pronto no queda terreno donde no asome un sorteo o una rifa, declive que arrastra la calidad y envicia a los consumidores. En ellos se enrolan los libretistas que deben colocar determinadas frases o palabras como referencias para la participación. ¿Cuántas veces Miquelón Villalobos dijo la palabra justicia esta semana? ¿Qué nombre tiene el principal adversario de Leonardo Moncada?”[iv]

Como bien asegura Reynaldo González en su libro El más humano de los autores la obsesión de Trinidad por aventajar a los Mestre llega a la cúspide durante la transmisión de la obra cumbre de Caignet por CMQ: ‘Yo estoy dispuesto a contratar a todos los que toman parte en El derecho de nacer, pagándoles el doble de lo que están ganando ahora. Quienes han logrado levantar un rating de ese tipo bien merecen ganar el doble de lo que están ganando’”[v].

A semejante vehemencia Mestre opuso organización y control riguroso sobre su empresa y aunque la encarnizada competencia imlementó un salario superior para los artistas en ambos bandos, la CMQ además de imperio técnico artístico, se mantuvo como impecable joya de administración capitalista.

En la edición de Bohemia del 20 de junio de 1948,  Mestre asegura: “no soy partidario de los concursos por lo mismo que no he sido partidario de regalar a los oyentes radios de una sola frecuencia (…) estimo que si regalara 10 mil radios que solo pudieran sintonizar CMQ, mi competidor regalaría otros 10 mil por los que únicamente se oyera su planta y mi gasto y el de él habrían sido inútiles y los dos nos fastidiaríamos por igual”.

Sin embargo, dadas las circunstancias, afirmó que si ese demostraba ser el camino “me despreocuparé de artistas, autores y productores y me buscaré un experto en concursos, en Cuba o en el extranjero, y en vez de tratar de mejorar programas, como ya para entonces se oiría cualquier cosa –un principiante tocando una guitarra o un perro ladrando frente al micrófono-, haré rifas. Y como no estoy ciego, ni cojo, ni manco si la RHC cadena azul las hace de 35 mil pesos, yo las haré de 40 mil, 50 mil hasta tanto mi competidor como yo nos declaremos en bancarrota y lleguemos a la conclusión de que las rifas no conducen a nada práctico  ¨[vi]

Con una visión mucho más aguda y un imperio tan bien organizado que “caminaba solo”, Mestre ganó finalmente la pelea. El descontrol administrativo, junto a otros fabulosos gastos de la empresa y la vida  privada del guajiro Trinidad lo llevaron a la quiebra. Tras una “muerte de telenovela” fue velado paradójicamente en una antigua funeraria de 23 y M, frente al desafiante imperio de los Mestre, el edificio Radiocentro. Poco tiempo antes la RHC Cadena Azul había salido del aire.

De algún modo,  el recuerdo de este precedente nos llevó al error de identificar indisolublemente a los estudios de audiencia con  propósitos comerciales. La incapacidad de verlos como la herramienta que son, mala o buena en dependencia de su uso, nos llevó a desaprovechar por mucho tiempo sus inmensas posibilidades de contribuir al  quehacer mediático.

Aunque vamos andando ese camino aún no logramos aprovechar, en la medida en que lo hicieron los magnates del medio, sus inmensas posibilidades de contribuir esta vez a una radio y televisión públicas, con fines culturales y formativos. Nada, que en este asunto no acabamos de dar  “la patada a la lata”…

 


[i] Título tomado de uno de los acápites del libro ¨ El más humano de los autores¨  autor Reynaldo González.

[ii] Tomado de Radiolandia, Bohemia, La Habana, 29 de agosto de 1948, pp 40-41. Citado en ¨ El más humano de los autores¨  autor Reynaldo González.

[iii] Tomado de ¨ Avances¨, La Habana, 11 de diciembre de 1950, citado en ¨ El más humano de los autores¨  autor Reynaldo González, pp.99.

[iv] ¨ El más humano de los autores¨  autor Reynaldo González, pp.101

[v] Bohemia, La Habana, 19 de septiembre de 1948.

[vi] Bohemia La Habana, 20 de junio de 1948

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