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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

La trascendencia cultural del legado de José Antonio Portuondo (I)

Valoraciones acerca del intelectual orgánico y polifacético, de una demostrada ética ante la vida; estudioso pionero de la doctrina del marxismo en Cuba.

En el 2021 conmemoraremos el 110 aniversario del natalicio de una de las figuras más comprometidas de la cultura nacional, hombre prominente de las letras y de la política, con una extraordinaria hoja de servicios y una conducta intachable dentro del acontecer revolucionario y, sin dudas, en la conformación misma de nuestra nacionalidad. Me refiero al Dr. José Antonio Portuondo Valdor. Recordarlo es un acto de justicia y, hacerlo desde la filosofía humanista que tanto favoreció entre sus estudiantes que lo veneraron y aun lo recuerdan es, sin dudas, el mejor de los regalos en su onomástico.

El presente trabajo se propone rememorar la obra de aquel hombre que dijo mucho, pero hizo más en el empeño por crear una sociedad mejor, una sociedad como la soñada los primeros y nunca olvidados exégetas del pensamiento cubano: José Agustín Caballero, José de la Luz y Caballero, Antonio Bachiller y Morales, Félix Varela, José Antonio Saco y una lista interminable de próceres que cierra con el más universal de todos los cubanos, José Martí.

La idea es abordar solo la primera mitad del siglo XX, donde la confluencia de intereses norteamericanos, junto a los corruptos gobernantes cubanos de este período, hundieron al país en la más absoluta miseria, tanto en el plano económico como en el político. Este no es un estudio rigurosamente histórico, solo serán nociones que, junto a determinados estudios literarios de la época, aportarán los elementos imprescindibles para sostener y defender antecedentes y referencias que influyeron en el panorama cubano de entonces y, como es lógico, en la formación del pensamiento del joven intelectual santiaguero.

El propósito es valorar todo ese compromiso sin límites emanado de su obra, considerando el pasado vivido, porque de él se nutre la nación y nos llega toda esa riqueza gnoseológica de generaciones de cubanos que muchas veces, desde el anonimato más absoluto, fueron hilando con su aporte personal la nacionalidad cubana, la cultura y aquellos rasgos identitarios caracterizadores y diferenciadores que nos hacen fuertes y singulares.

Raíces de la formación de su personalidad

José Antonio Portuondo Valdor nació en Santiago de Cuba el 1 de noviembre de 1911, etapa histórica aún influenciada por los ardores de acontecimientos, que definieron el final del siglo XIX cubano y marcaron en todos los órdenes la nación, donde se manifiestan especialmente frescas las huellas de la derrota de la metrópolis española ante el Ejército Mambí, pero también la injerencia en los asuntos de los cubanos del incipiente imperialismo yanqui, sus reiteradas intervenciones, la Enmienda Platt, el nacimiento de la república mediatizada y la sucesión de gobiernos corruptos y entreguistas.

En este contexto complejo surge la figura de José Antonio Portuondo, el ambiente familiar y educacional influyeron decisivamente en la formación de este destacado intelectual, brindándole los instrumentos primigenios para su formación como hombre de bien y amante de las virtudes. Todo ello le proporciona la posibilidad de vislumbrar en toda su dimensión la verdadera naturaleza de todas las aprehensiones religiosas, elevando a un plano superior sus inquietudes sobre la irracionalidad de ciertos comportamientos doctrinales dentro de la Iglesia, que influyeron en el definitivo abandono de su fe algún tiempo después.1[1]

Es presumible que el abuelo paterno despertara en Portuondo la necesidad de investigar otras doctrinas filosóficas diferentes a las conocidas por él. También le mostró piezas del repertorio clásico musical y le facilitó estudiar en la moderada colección literaria familiar, dentro de la cual se encontraban obras de José Martí y otros autores del momento. Así en el ambiente familiar puede deducirse que desarrolló la sensibilidad por la cultura a partir de las prolongadas lecturas desde muy temprana edad 2[2].

Portuondo es depositario de un complejo desarrollo de transformación ideológica, que le permite asumir el marxismo tempranamente. Este proceso es el resultado de continuas meditaciones de un sujeto donde el ambiente familiar, la educación escolar y en general la sociedad le resultó el mejor argumento para apartarse en general de una lógica cultural y en particular, de sus mediaciones ontológica e ideológica, con audacia y convicciones propias.

En 1929 se observan en él fisuras en su fe religiosa y una paulatina pero segura articulación de nuevas inquietudes ideológicas, argumento demostrado cuando solicita, y es autorizado algún tiempo después, el estudio de lo que la jerarquía católica consideraba “libros malditos”. En 1938 recibe una larga carta de su profesor de Física del Colegio Dolores en Santiago de Cuba, donde este le critica fuertemente la decisión de abandonar la religión y le dice: “[…] no, José Antonio; no es ese tu puesto entre gente y causa de tan espantosa degradación, sino entre los apóstoles de Jesucristo […]”.3[3]

Itinerario histórico, cultural y político de su pensamiento. Influencia crítica de la generación de los años 20

Al llegar Portuondo a La Habana, con el propósito de estudiar Derecho, ya tenía suficiente información y cultura general para comprender los problemas sociales y políticos constitutivos del discurso de las reformas universitarias, iniciadas por Julio Antonio Mella y otros intelectuales, que sumados a la obra del grupo minorista le imprimían una particular característica al movimiento revolucionario de los años veinte y se abría paso a una intelectualidad orgánica de nuevo tipo, con algunos elementos idealistas, pero igualmente implicados en el quehacer sociopolítico del momento. Los profundos problemas sociales de la Cuba de finales de los años veinte, gobernada por el dictador Gerardo Machado, hizo que en 1930 la Universidad de La Habana fuera clausurada por orden ejecutiva, obligando a Portuondo, que en esos momentos estudiaba la carrera de Derecho en esta Universidad, a regresar a su ciudad natal e integrarse al Ala Izquierda Estudiantil, dirigida por el Partido Comunista en Santiago de Cuba.

En el ensayo titulado “El compañero José Antonio Portuondo”, Roberto Fernández Retamar, a propósito de reconocer cómo se fue tejiendo la personalidad de Portuondo refiere: “[…] su larga actividad revolucionaria, que arranca con su participación en el seno del Ala Izquierda Estudiantil de Santiago de Cuba, durante la tiranía machadista; lo lleva desde 1936 a una firme militancia marxista […]”.

José Antonio Portuondo cuenta con el privilegio de haber vivido bajo el influjo de un movimiento filosófico distanciado del positivismo, pero más cercano a las bases doctrinales del marxismo, articulado con el pensamiento emancipador cubano del siglo XIX. Desde los primeros años de la década del 30 ya está en ejercicio su obra que impresionó por la amplitud y las temáticas estudiadas. En esta etapa de su vida ya era considerado un joven intelectual polifacético y de amplia cultura, permitiéndole ejercer la crítica y la ensayística de todo cuanto consideró importante dentro de las letras, la filosofía y la política.

Al valorar el proyecto político de la generación de los años 20 liderada por Villena y Mella, que carga en sus hombros la responsabilidad histórica de fijar los referentes sociopolíticos de inicios de siglo XX, se significa una articulación con la generación que le antecedió, igualmente comprometida con la patria, y ambas tejen la imagen creadora en una cultura de elevada fortaleza que ha trascendido hasta el presente, distinguiéndose dos elementos definitorios de esa Cuba marcada por la presencia de gobiernos corruptos y entreguistas.

En lo político, en la década del 20 en Cuba se produjo un despertar, una nueva motivación, un reordenamiento de ideas de jóvenes intelectuales que se integraron a la vida política y social del momento; mostrando una forma diferente de decir y de hacer, decisiva para los derroteros futuros de la sociedad cubana y frente a una sucesión de desgobiernos corruptos que plagaron la Isla de miserias. Esto se traduce en una visión y un pensamiento potenciador de esta etapa histórica de la nación cubana, dada la sucesión de eventos políticos, ideológicos y sociales, de gran riqueza y trascendencia tanto en el ámbito nacional como en el internacional.

En lo económico, los años finales del siglo XIX y el primer cuarto de siglo de existencia de la república permitieron un auge de la industria azucarera, con la explotación de millones de hectáreas de tierra para estos fines, y la construcción de industrias procesadoras de la caña de azúcar, en su mayoría eran propiedad de compañías norteamericanas. De tal suerte, Cuba se convirtió en un país monoproductor y monoexportador de azúcar y sus derivados.

Todo lo anterior, se convirtió en causa suficiente para el despertar de una conciencia nacional crítica, por esencia, dando paso a figuras como Juan Marinello, Rubén Martínez Villena, Julio Antonio Mella y otros portadores de una nueva perspectiva emancipadora, desde las letras y la política, estableciendo modelos referenciales para el futuro, que influyeron en todas las esferas de la sociedad.

En los años 30, con algo más de 20 años, se aprecia el respeto y la consideración que le ofrecen intelectuales comprometidos con los problemas más generales de la sociedad y específicamente de la cultura artística y literaria, tales como Alejandro García Caturla, Manuel Navarro Luna, Emilio Roig de Leuchsenring, Osvaldo Dorticós, Mirta Aguirre, Julio Le Riverend, Camila Henríquez Ureña, Marcelo Pogolotti y Félix Pita Rodríguez, por solo citar algunos ejemplos.

Fueron muchas las publicaciones cubanas y extranjeras en las que Portuondo dio a conocer ensayos y críticas sobre los más diversos temas. Una de ellas fue la Revista Bimestre Cubano, donde publicó José Antonio Ramos y la primera generación republicana de escritores cubanos o sus colaboraciones en la Revista Iberoamericana, con la publicación de “Elogio del diletante”, trabajo dedicado a Baldomero Sanín Cano, escritor colombiano de gran importancia.

La producción poética no resultó ser su lado más afortunado, no por falta de un indiscutible talento, sino porque la crítica literaria y la ensayística alcanzaron las cumbres de su realización intelectual; y si a ello se le suma el compromiso ideológico con el marxismo, es sin duda un gran privilegio que una nación cuente con hombres como él.

Se conoce que preparó un libro llamado Bachá, título de unos de sus poemas considerados negristas. Ángel Augier lo llamó “magnífico poeta” y Navarro Luna, consideró estimular su mirada hacia el ensayo y la crítica literaria, no hacia la poesía. De esta producción, igualmente comprometida con una manera especial de codificar aquellos elementos identitarios y conformadores de nuestra nacionalidad, como crisol de razas, se conoce de un delicioso poema inspirado en las hermosas mulatas santiagueras de la época, dando cuenta de un refinado estilo en el abordaje de esa poesía negrista, que también fuera cultivada con éxito por otros poetas como es el caso de Nicolás Guillén.

Lamentablemente, en la década de los años 40, el intelectual Portuondo sale del país hacia México y luego para los Estados Unidos, donde imparte clases en varias universidades y colabora con importantes revistas de pensamiento del momento. Los años 50 marcan la madurez intelectual de Portuondo. Su vocación marxista no deja espacios a dudas, le permite que, al regreso de los Estados Unidos, donde laboraba como profesor de Literatura Universal en la Universidad de Pennsylvania, pudiera vincularse a las tareas del Partido Socialista Popular, que se recuperaba de una etapa difícil, y trabajar como profesor en la Universidad de Oriente.

En esta misma etapa logra una producción literaria definitivamente comprometida con las tendencias de izquierda del momento y ven la luz importantes libros como son: José Martí crítico literario (Washington, 1953), El heroísmo intelectual (México, 1955) y La historia y las generaciones (México, 1958). En su libro titulado Bosquejo histórico de las letras cubanas (1960) aborda la producción literaria cubana y sus diferentes tendencias, con una depurada y magistral síntesis histórico-literaria. Este texto es paradigmático en los estudios sobre cultura cubana durante décadas.

Portuondo demuestra ser un indiscutible maestro del género, capaz de advertir en esta obra, que el método empleado ha sido el de las “generaciones”, brillante manera de ubicar en su justo lugar, las más variadas tendencias de expresiones poéticas, no solo planteas como simples maneras literarias de decir, sino las vincula magistralmente al compromiso social cuando expresa: “[…] toda literatura denuncia siempre, de una manera deliberada o inconsciente, la posición de las clases y de las generaciones en la lucha social […]”.

El autor pasa balance crítico a una pujante y vigorosa creación literaria, que como el mismo señalara: “son expresiones de pueblos en formación”, tácito reconocimiento de cierta pobreza estética que subyace en muchos, pero también está señalando un futuro saludable y loable para la cultura autóctona. En este mismo sentido, y aunque parezca desgarrador, advierte sobre la ausencia de un pensamiento firme y seguro, donde se exprese el espíritu nacional de la poesía, en tanto sea pálido reflejo de producciones literarias foráneas, consideración que no debe verse como algo absoluto. Este sentimiento de lo nuestro, como concepto no es nuevo, nos llega de figuras como José Agustín Caballero Rodríguez de la Barrera, Félix Varela, José Martí, José Carlos Mariátegui y otros que, reconociendo la importancia de un pensamiento proveniente de muchos lugares, apuestan por robustecer las ideas propias, nacidas de circunstancias propias y contextos epocales determinados de nuestra identidad nacional.

La obra en general de Portuondo está dirigida a la crítica literaria, expresada en sus abarcadores ensayos de naturaleza cosmovisiva. Varios libros suyos abordan el origen de la literatura criolla, nacional en 1610 con Espejo de Paciencia, del canario Silvestre de Balboa, de la cual asegura que esta obra refleja “(…) el nacimiento de la conciencia criolla, opuesta a la española (…)”.

Al valorar el comportamiento de la vida política de la nación cubana, aun en formación, Portuondo lo sintetiza en otro momento cuando afirma: “(…) el germen crecerá alentado por contradicciones, como el régimen de monopolios impuesto por España que provoca el primer movimiento social de importancia en el siglo XVIII: la rebelión de los vegueros (…)”. O cuando refleja en los orígenes y estructuración de la clase de terratenientes criolla cubana, liderada por su primer ideólogo Don Francisco de Arango y Parreño (1765-1837), quien, representando una burguesía criolla, apostaba a una autonomía para maniobrar con sus propios intereses de clase.

No es posible entender la formación de su concepción político-cultural y filosófica, sin tener en cuenta las realidades de un contexto sociopolítico complejo. Su obra está sedimentada en el humanismo desde temprana edad, que pule y fortalece. Su base antropológica trasciende en el tiempo, formando parte de lo mejor de un pensamiento emancipatorio que se complementa con intelectuales de la talla de Juan Marinello, Nicolás Guillén, Manuel Navarro Luna, Jorge González Allué, Ángel Augier, Raúl Roa, Alejo Carpentier, entre otras figuras descollantes de las letras y de la cultura cubana.

La obra de Portuondo es el resultado de una sistemática interacción con lo mejor del pensamiento del contexto histórico concreto en que le tocó vivir. De esta etapa son muchos los que favorecieron de su desarrollo intelectual, pero son Rubén Martínez Villena, Julio Antonio Mella y Juan Marinello los que más influyeron en él.

Rubén Martínez Villena es de esos intelectuales que más le aportó a la obra de Portuondo. En Bosquejo histórico de las letras cubanas y en el ensayo “La política” lo encontraremos como parte de esos jóvenes poetas que cambiaron de alguna manera el curso de la poesía en los inicios del siglo XX. En Martí, escritor revolucionario (1982), el autor señala el papel desempeñado por Villena como líder indiscutible de la generación de los años veinte y destaca su posición frente al desgobierno de Alfredo Zayas, en la Protesta de los Trece y en el Movimiento Minorista, cuya aspiración estuvo en representar los intereses de las mayorías.

[1] No es propósito de este autor denostar de la Iglesia como institución, solo intenta narrar algunos acontecimientos circunstanciales que pautan la vida de este intelectual desde muy temprana edad, siendo con ello, consecuente con su pensamiento y obra. Portuondo Inicia los estudios primarios en el Colegio Dolores perteneciente a la congregación de los jesuitas de la ciudad de Santiago de Cuba, en este centro estudió desde el segundo grado hasta la culminación del bachillerato donde recibió una educación  católica que le ayudó a desarrollar una alta sensibilidad ante los problemas que padecía Cuba en esa época histórica-concreta.

[2] Entrevista ofrecida por Berta Valdés Torrichella, viuda de José Antonio Portuondo, al autor de este trabajo, el 13 de agosto de 2009, donde expresa con claridad y por referencia del propio Portuondo, cómo fue que dio los primeros pasos para comprender otras fuentes de conocimientos diferentes a la religiosa, que evidentemente le sirvieron de sustento cultural para adentrarse en un mundo de múltiples inquietudes literarias e ideológicas.

[3] Tomado del libro Cuestiones privadas, de las investigadoras Cira Romero y Marcia Castillo, Ob. Cit., p. 38.

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