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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

¿Qué pasaba en Cuba cuando llegó la tv? (Parte II)

Llega a La Habana Jorge Negrete, quien se atreve a cantar aquí piezas como Lamento cubano. Mientras todo esto ocurría, en muchas salas de hogares cubanos está emitiendo sus tímidos destellos la vencedora pantallita televisiva.

Aquel 1950, al cual libérrimamente nos movemos en alas de la imaginación, es en Cuba un punto de viraje en cuanto a los llamados medios de difusión masiva.

Sí, la televisión hace su entrada en los hogares cubanos, cuando en la habanera intersección de Mazón y San Miguel salen al aire las ondas del Canal 4 Unión Radio, seguidas por el Canal 6 de CMQ.  

La pantallita toma lugar de privilegio, en un país que en esos momentos cuenta con 521 cines de 35 milímetros.

Pero…

¿Qué más sucedía en Cuba?

Pues no se trata precisamente de una lección de moral.

Según fuentes bien informadas, un hermano del general Fulgencio, Pasiano Hermelindo Batista, de quien se rumora que es drogadicto y tiene la inteligencia de un vegetal, ha recibido su nombramiento como delegado provincial en el Partido Acción Unitaria.

Un renombrado político liberal ha expuesto su programa, con estas palabras: “Yo no le pido limosnas a mi partido. ¡Lo que quiero es que me lleven en todos los negocios turbios!”.

Cierto ministro, quien acaba de cesar en el cargo, estaba recogiendo “sus cositas” en el despacho. Un amigo le dijo: “¡Ñó, mi socio! ¡Deja por lo menos el aire acondicionado!”.

Se ha filtrado, de las altas esferas oficiales, que al presidente, por su tacañería, quienes le son cercanos lo apodan El Manquito. De manera que si ya teníamos al Cojo Caisés, ahora también contamos con El Manquito Prío.

Ah, pero, en esa Cuba de 1950… ¿acaso la vida toda se limitaba a los sombríos y emporcados vericuetos de la política?

No, por fortuna, no. Así, por ejemplo, la escultora Rita Longa está emplazando frente a Tropicana la grácil danzarina que será símbolo mundial de aquel cabaret.

Mientras, Carilda, inspiradísima matancera, está recibiendo el Premio Nacional de Poesía por un libro que estremecería a generaciones de cubanos: Al sur de mi garganta.

Y nos visita una figura estelar, Josephine Baker, quien, a pesar de sufrir aquí vejámenes discriminatorios, nos iba a hacer depositarios de su arte colosal.

Dicen que nadie es profeta en su tierra, pero a partir de aquel año alguien iba a desmentir el proverbio. Se trata de un artista que regresa a su patria, donde permanecerá hasta que “la parca” le toque a la puerta. Es famoso en varios países de América Latina, y en México ha grabado sesenta discos con Dámaso Pérez Prado, mientras su voz se escucha en filmes como Carita de cielo, Fuego en la carne o Al son del mambo.  Pero en su tierra es poco menos que un desconocido. Por eso, retorna a Cuba para convertirse en el ídolo popular que se llamará, para siempre, El Benny Moré.

Eduardo Hernández, conocido como Guayo, inaugura el Cineperiódico, y también se funda la Cinemateca de Cuba.  El cine cubano entrega en aquellos días los filmes Siete muertes a plazo fijo, de Manuel Alonso; Música, mujeres y piratas, de Pedrosa; Cuando las mujeres mandan, de González Prieto; de Medina, Qué suerte tiene el cubano y Rincón criollo, cinta esta última donde se escucha la voz de Ñico Membiela, que sigue resonando en nuestros oídos tantos años después.

Llega a La Habana Jorge Negrete, quien se atreve a cantar aquí piezas comprometedoras, como Lamento cubano, donde Eliseo Grenet y Teófilo Radillo se preguntaban por qué Cuba sufría tanto quebranto.

Y, mientras todo esto ocurría, en muchas salas de hogares cubanos está emitiendo sus tímidos destellos la vencedora pantallita televisiva.

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