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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

“Actuar es vivir”: José Antonio Rodríguez en la memoria

En la televisión fue pródiga presencia de este actor en espacios dramatizados y como narrador de documentales

Cuando se habla de grandes actuaciones, desde 2016 extrañamos perennemente la mirada desesperada del personaje Rigoletto, en la última escena de la versión televisiva del clásico Las impuras; una interpretación inmensa de José Antonio Rodríguez, actor que hizo, como pocos, irrepetible cada presentación.

Aun cuando todo indicaba que seguiría los pasos de su padre en la medicina, este lo llevó hasta el gran Enrique Santiesteban que, para bien de la cultura cubana, predijo lo que sucedería: José Antonio Rodríguez sería actor.

Hombre de exquisita sensibilidad, su grave tono de voz, su capacidad para asumir las más diversas caracterizaciones, además del don del magisterio, hicieron de él uno de esos rostros que uno necesita ver para dejarse acompañar por esas historias de siempre.

Fue el Anselmo de Contigo pan y cebolla, de Héctor Quintero; el Macbeth, dirigido por Bertha Martínez; y el Galileo Galilei, a la manera de Vicente Revuelta. Al fundar en los 80 el grupo de teatro Buscón, dirigió y actuó propuestas tan experimentales como Buscón busca un Otelo o Cómicos para Hamlet. En la televisión fue pródiga su presencia como actor y narrador de documentales, tal es recordada es su voz en off en la serie Hasta el último aliento, para la ocasión sus pausas, silencios y cadencia narrativa contaban a la par la historia de la televisión en casa.

Ya recordábamos al pobre enamorado Rigoletto, pero antes fue el apesadumbrado Melquiades, en Doña Bárbara junto a Raquel Revuelta; siempre involucrado en historias tormentosas, los personajes interpretados por José Antonio muchas veces vivieron en el límite de la locura, el vicio, el dolor… y él lograba convertirlos en seres especiales desde la soltura con que los dejaba hablar, moverse, amar… sufrir.

Sus personajes de época, muchos de ellos interpretados para el cine, en filmes como La última cena, de Tomás Gutiérrez Alea, La primera carga al machete, de Manuel Octavio Gómez, o Cecilia, de Humberto Solás, tenían la prestancia de un hombre capaz de trasladarse por el tiempo como si cabalgara por él. Sumaron una veintena de películas en las que igualmente dejó su impronta.

José Antonio Rodríguez, Premio Nacional de Teatro 2003, hacedor de una manera muy especial para declamar, dos años antes de recibir el lauro, en una pequeña intervención en el espacio Mediodía en TV expresó: “para mí actuar es vivir”. Y así vivió, hasta que un 7 de septiembre de 2016 comenzó a hacerlo desde otra dimensión: sublime como los personajes que amó. Serán ahora los videos, las instantáneas y las historias transmitidas de generación en generación las maneras de traerlo a nuestros días, excelente pretexto para extrañar un poco menos a un hombre inmenso cuando de grandes actores se hable.

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