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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

Clavelito: un guajiro buscavidas

Que me excusen quienes peinan canas, pero debo recordar que en 1947 Miguel Alfonso Pozo, Clavelito comienza a protagonizar un espacio en Unión Radio: El vaso de agua de Clavelito, con música campesina.

No caben dudas: el pícaro ―llámese Lazarillo, Buscón, Guzmán de Alfarache o Moll Flanders― siempre ha encontrado su caldo de cultivo entre los preteridos de una sociedad en decadencia.

Para incubar tal engendro de la tipología social, la Mayor de las Antillas de 1908 aparecía como el sustrato insuperable: una mixtura de malandanza nacional y amoralidad rampante, descocada e inverecunda.
Cesa en el mando el interventor Charles Magoon, la corrupción en dos patas, que elevó la botella o sinecura a rango institucional. Pero entrábamos en Guatapeor, con José Miguel Gómez, cuyas selacias tragaderas para el erario le merecerían el conocido apodo de Tiburón.
En ese ya remoto año, allá por la cintura de la Isla, llega a cierto hogar humildísimo un niño que nombraron Miguel.

Pronto Miguelito ―chiquillo avispado― se convence de que él no ha nacido para andar por esas calles pregonando pollos y frutos, sino que los dioses le han de tener reservado un futuro más promisorio.

Que me excusen quienes peinan canas ―o quienes nada peinan― pero debo recordar que en 1947 Miguel Alfonso Pozo, Clavelito (Ranchuelo, 1908 – La Habana, 1975) comienza a protagonizar un espacio en Unión Radio: El vaso de agua de Clavelito, con música campesina.

Ya el guajiro ranchuelero está montando su remuneradora industria, que se alimentará de materias primas baratas y abundantes: el desamparo, la frustración y la ingenua fe popular.

El programa invariablemente se inicia cuando su conductor entona la redondilla: Pon tu pensamiento en mí, / verás que en ese momento / mi fuerza de pensamiento / ejerce el bien sobre ti. Después, instruye a los oyentes para que coloquen sobre el radiorreceptor un vaso de agua, que resultaría “magnetizada”. (Era la etapa de las válvulas electrónicas. No existía el transistor. Entonces, imagine usted el nauseabundo líquido tibio que los crédulos finalmente deglutían).

Se desató una auténtica fiebre de histeria colectiva. Desde Guamuta alguien afirmaba que su mal aliento ―más agresivo que el de un yeti― había desaparecido con gárgaras de agua magnetizada. Un supergago de Hoyo Colorado ahora se disponía a optar por una plaza de locutor. Cierto banense ―feo como un cólico renal a las tres de la madrugada―, alborozado hacía saber que ya era suya una chiquilla de la Villa de los Pinos que estaba como plátano pa´ sinsonte.

Era tal la popularidad que se recibían decenas de miles de cartas al mes, por lo cual resultó necesario que diariamente las recogiese un camión de la emisora. Mientras, las victrolas no cesan de reproducir El agua de Clavelito, pieza interpretada por la Orquesta Aragón.

Llegó el día en que Clavelito amaneció con el bombillo del timo brillándole sobre el cráneo más esplendorosamente que de costumbre. Anunció que, para halagarlo en su cumpleaños, una agradecida oyente le había remitido un peso por vía postal. Y que, ¡claro!, lo que valía era el gesto. Ya usted puede imaginar cuáles consecuencias originó el hecho para las arcas del ávido repentista. (Nada le parecía más inatractivo si de embolsillarse un billete se trataba. Fabricar perfumes. Tener una quincalla en la habanera calle San Francisco, número 156. Convertirse en polígrafo, entre cuyos títulos se encuentran varios de psiquiatría y una Enciclopedia de la felicidad. O postularse para congresista, contrariamente a lo que había hecho Antoñica la acuática, perseguida por los poderosos hasta su muerte).

Por fortuna, todo el mundo halla la horma de su zapato. Y la encontró aquel ser escapado de las páginas de la picaresca en los chivadores cubanos, que comenzaron a divulgar parodias como ésta: “Pon tu pensamiento en mí, / los h…vos adentro e´ un cartucho / y si los tarros son muchos / ya te acordarás de mí.

Ah, pero quien mejor le pasó la cuenta a aquel buscavidas, explotador de la credulidad popular, fue Nicolás Guillén, en décimas chispeantes que son broche ideal para cerrar este artículo:

 Mi querido “Clavelito”
me perdonarás seguro
que te ponga en un apuro
mas tu opinión necesito.
Si tu poder es bendito
(como asegura la gente)
dime, amigo, urgentemente,
dónde pudiera encontrar
el modo de trabajar
sin llegar a delincuente.
El agua “magnetizada”
que usé según tu consejo,
debo confesarte, viejo,
que no me sirvió de nada.
En la cocina apagada
ni un mal caldo hierve ahora
y yo igual que mi señora
te juramos que hace un mes
¡ay! no sabemos lo que es
comer comida a su hora.

 

 

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