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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

Erdwin Fernández, el hombre que creció hasta la niñez

Evocación de un actor que logró ese tránsito a veces inaudito de la risa a las lágrimas e invitó a reflexionar sobre los sentimientos y los valores humanos

Supo hacer sonreír y llorar con el mismo acierto. Su singular tono de voz, que le permitió moverse dentro de la conducción, el universo de la publicidad, la intensidad de la tragedia y la dulzura del discurso infantil hicieron de Erdwin Juventino Fernández Sánchez (Erdwin Fernández) aquel artista que muchos sintieron tan cercano.

Personalmente le hablé solo una vez, pero me resultó entonces muy conocido, tal vez porque aquel pícaro niño llamado Adolfito o el anciano malhumorado, aun con razón, de nombre Gervasio Escobar y Campanario fueron personajes con los que crecimos y sonreímos muchos cubanos. Caracterizaciones tan distintas que quedaron hilvanadas por Erdwin gracias a su seguridad manifiesta de que lo único necesario para hacerte creíble es diciendo la verdad. Y esa fue su manera de acercarse al público, desde una sensibilidad actoral que más que recrear vidas simplemente las vivía frente a la cámara o al micrófono.

Pudo ser arquitecto, pero el arte pudo más, y el Instituto del Vedado fue el escenario perfecto tras su cargo de representante de Cultura para asumir las tablas como un acto de vida. Fue casi por azar que Manuel Martínez Casado por entonces se convirtiera en su primer director, cuando Fernández protagonizó la zarzuela Los molinos de viento, luego el actor supo la responsabilidad que significaba dirigir espacios radiales y televisivos.

Filmes como Las aventuras de Juan Quin Quin, propuestas televisivas como La tremenda corte, al asumir a Bobadilla y Comejaibas, el Correo de la risa, La familia Pilón, o su presencia en la comedia de situaciones Si no fuera por mamá constituyen unos pocos ejemplos que muestran ese gran sentido de la comicidad que nunca abandonó a Erdwin, como tampoco ese ojo atinado de encontrar esencias en la risa. De ahí que su payaso Trompoloco, todo un clásico del arte circense cubano, se mueva entre distintas expresiones emocionales y siempre deje de ellas un plausible saldo cognoscitivo y humano.

Al respecto encontré en algunas de sus entrevistas donde expresó: “el circo enseña una actitud ante la vida (…) en nuestra profesión nunca se llega, siempre hay que estar indagando, buscando y estudiando”. Y así Trompoloco, tras su disfraz de payaso y portador de un lenguaje sencillo y asequible a todos, se convirtió en un indagador de la condición humana, reflexionó sobre la vida y la muerte, la verdad y la mentira, la traición y la entereza a partir de pequeñas historias nacidas de la propia inspiración del actor. Logró ese tránsito a veces inaudito de la risa a las lágrimas, sin más ni más.

Erdwin Fernández falleció el 23 de octubre de 1997, luego que en la ciudad de Cienfuegos naciera en su honor el Festival Nacional de Payasos Trompoloco. Hoy existe una carpa justamente con ese nombre, pero qué bueno sería que los nuevos que llegan a la actuación, desde cualquiera de los medios existentes, asumieran el nombre del personaje icónico como punto de referencia de lo que significa una verdadera vocación.

Erdwin no conoció de límites y menos de incomprensiones, adultos e infantes merecían para él exactamente el mismo respeto, en tanto las emociones y lo sentimientos a expresar no conocen de edades: concerniente a lo humano se puede hablar a todos de todo, solo varía el lenguaje y las intenciones. Él lo logró como pocos, tal vez por esa singular manera que tuvo de encontrar desde la actuación la semilla, por esa ingenuidad y sencillez con la que logró crecer

Erdwin Fernández y su esposa Nilda Collado

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