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Editorial del Instituto Cubano de Radio y Televisión

La televisión pudiera proponerse metas mayores

En el audiovisual se decide la batalla cultural de estos tiempos, opina el joven realizador

Pedro Luis Rodríguez González

Pedro Luis Rodríguez González gateó en la revista El Caimán Barbudo, donde su padre era diseñador. Pero no heredó la vocación por el arte gráfico. Hizo sus pininos por puro entretenimiento, así como montaba batallas campales con soldaditos que él mismo construía. Entonces, según cuenta, tal vez ya tenía alguna inclinación por la pirotecnia.

En 2005, con solo 19 años, realizó su primer documental Inicios de la radio en Cuba, y a los 22 escribió y dirigió el mediometraje La bala, que acaparó premios en la VIII Muestra de nuevos realizadores, el V Festival Nacional de Televisión y el Caracol. Por los documentales Que me pongan en la lista y El cuarto 101 ha recibido, asimismo, diversos lauros.

Pedrito, como le dicen sus amigos, maneja a la perfección el aparato conceptual y con él analiza su universo profesional. Recientemente, en un comentario afirmó: “Una rápida ojeada a las obras de los nuevos realizadores nos permite descubrir que varios trabajos aportan una mirada muy aguda de nuestra realidad. Para muchos, esta es la característica más valiosa de la creación. Sin embargo, al mismo tiempo puede asumirse como el punto más débil porque, al suplir la distancia que han asumido los medios masivos de comunicación hacia los problemas sociales, con frecuencia no nos preocupamos por construir un discurso profundo y un lenguaje cinematográfico verdadero. La obra toma relevancia por lo que muestra, pero no por cómo lo hace, ni por las reflexiones propuestas”.

—¿Inicios de la radio en Cuba formó parte de tus estudios en la Facultad de Medios de Comunicación Audiovisual (FAMCA)?

—La mayoría de las veces, la facultad no dispone de todos los recursos para respaldar los trabajos prácticos de los estudiantes; pero existe el interés de que los jóvenes no solo teoricemos, sino que también filmemos. En múltiples materias puedes presentar obras prácticas como ejercicio de curso. Ese es el caso del documental Inicios de la radio en Cuba, realizado para la asignatura Historia de la Radio.

Lo mismo ocurrió con La llamada, que nació en el proceso evaluativo de una disciplina tan abstracta como Filosofía, aunque después me funcionó en otras, por ejemplo, en Dirección de actores. Se trataba de estimular la realización, acompañada de un trabajo teórico. Eso funcionó muy bien. A unos cuantos nos dio el empujoncito necesario para romper el hielo.

—Por La llamada recibiste tu primer premio, pero con La bala arrasaste. ¿Qué te llevó a filmar ese mediometraje? ¿Por qué ese afán por la historia?

—No puedo negarlo: mi experiencia de un año en el Servicio Militar Activo me resultó vital para entender y sentir la vida en el ejército. Pertenecer a una unidad de combate, estar rodeado de soldados de todas partes, con diferentes visiones del mundo, pero que en situaciones difíciles se unen, me marcó e impulsó a contar dicha historia.

La bala nació del guión de un corto de tres minutos, un ejercicio práctico de la asignatura de Dirección, en tercer año de la carrera. El relato fue creciendo, y cuando tenía más de 30 cuartillas acudí a la televisión. Hannah Imbert, estudiante de quinto año de Producción en la FAMCA, tomó este proyecto como su trabajo de diploma.

Nuestra principal motivación se centraba en crear una historia bélica atractiva para el gran público, y los jóvenes en especial. Defendimos una tesis principal: todas las estéticas y estilos de realización, independientemente de su procedencia, son válidos a la hora de expresar cualquier contenido y, desde la ficción, pueden crearse obras llenas de cubanía sin beber de una anécdota real de nuestra Historia.

—Numerosas personas aseguran que no se aprende a hacer televisión, cine o radio en una escuela, sino insertado en los medios. ¿Qué significó la FAMCA para ti? ¿Es momento de dar pie al empirismo?

—Disímiles vías sirven para convertirse en un buen profesional; incluso la constancia y la experiencia pueden sustituir la falta de talento cuando las aspiraciones son modestas. En este momento muchos jóvenes, provenientes de otras carreras o sin una formación universitaria, se adentran en la realización audiovisual, lo cual me parece bueno porque diversifica y democratiza el medio. Pero la preparación académica brinda una base importantísima. No solo te permite dominar el ABC y luego experimentar, también crea en el artista una vocación por cuestionar y analizar la obra integralmente.

En la FAMCA encontré las herramientas para crear, descubrí a un colectivo de profesores y estudiantes abiertos a la polémica y los riesgos. De ellos aprendí cuán complejo, difícil y poderoso es nuestro medio, y la responsabilidad social que pende sobre los hombros de quienes trabajamos en él.

—¿Qué sería, en tu opinión, una televisión culta?

—El concepto de cultura va más allá de las manifestaciones artísticas, el conocimiento o una correcta educación. Significa, además, desarrollo del pensamiento, profundización que genera cambio. La cultura la hacemos todos los días, no es un recinto sagrado donde guardamos nuestra identidad y la custodiamos de las amenazas del exterior.

En una televisión culta deben existir la confrontación de criterios, los conflictos; ha de mostrarse nuestra realidad sin ambages, a fin de cuestionarla y analizarla. De ese modo puede construirse la cultura cubana de estos tiempos, y este medio juega un papel decisivo porque legitima y llega a todos. Además, la nuestra tiene la ventaja de no supeditarse a criterios comerciales ni de mercado.

Debemos entretener y educar, pero sin renunciar a los contenidos que estimulen en el espectador las ganas de crecer, de entenderse mejor a sí mismo y a su entorno. Ese, pienso, deviene el mejor camino, en vez de colocar ruiditos sobre las malas palabras.

—¿Qué importancia le concedes a la programación?

—Constituye la manera de hacer efectivo todo eso. Como herramienta estratégica diseña la mejor fórmula para hacerle llegar los productos al receptor. La programación ideal brinda contenidos y entretenimiento diversos; pero no solo se guía por los gustos populares, también sigue las estrategias encaminadas a conseguir la televisión que necesitamos.

El Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT) resulta muy susceptible a reacciones de algunos pequeños sectores de la audiencia, regidos por criterios obsoletos y anquilosados; ello a veces condiciona negativamente la programación. La televisión educa, pero la culpa de los males de nuestra sociedad no la tiene la pequeña pantalla; afirmar eso sería simplificar los procesos sociales.

Partiendo de una audacia responsable, este medio pudiera proponerse metas mayores, que vayan a lo cuantitativo y lo cualitativo. Y así defender mejor algunos productos relegados a espacios de poca audiencia en la actualidad. Desde la programación puede iniciarse la batalla por mejorar el gusto de la población, y luego crear nuevas prioridades en los públicos.

—Con el desarrollo tecnológico cada vez se borran más las fronteras entre cine y televisión. ¿Cómo ves el futuro de estos dos hermanos?

—En pocos años, sobre todo luego de la consolidación del video como una alternativa más barata, ambos medios se han emparentado más. El término audiovisual se escucha con mayor frecuencia hoy, lo cual no significa la decadencia de la televisión o que vayan a fundirse en un solo campo de expresión artística. La pantalla chica tiene sus características muy específicas y no toda su programación podría utilizar el lenguaje tradicional del cine ni sus históricos modos de producción, en cuanto a tiempos y maquinaria de rodaje. Sin embargo, la televisión debería sentirse orgullosa de asemejarse cada vez más al cine.

Así mismo me molesta cuando se habla con desdén de “lenguaje televisivo” si uno hace un montaje de plano y contraplano en una secuencia, o si usa demasiados primeros planos; cuando David Wark Griffith, uno de los pioneros del cine, fue quien primero utilizó estos recursos, mucho antes del nacimiento de las televisoras.

Fuera de Cuba, innumerables guionistas, realizadores y actores encumbrados del Séptimo Arte, han encontrado en la pequeña pantalla un nicho para producir obras interesantes y trascendentes. Y en nuestro país varios creadores del ICRT realizan películas concebidas con lenguaje cinematográfico, y no quiere decir que cambien su manera de hacer, solo utilizan la experiencia acumulada durante años.

A estas alturas de la historia de la humanidad, el cine y la televisión deberían mirarse como parientes cercanos y quererse más, pues está demostrado: en el audiovisual se decide la batalla cultural de estos tiempos. Ninguna otra manifestación artística tiene hoy más capacidad de multiplicación inmediata, impacto seguro e incidencia cierta en las grandes mayorías. Hay que luchar por que nuestra televisión sea más culta y tenga más jerarquía artística.

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