29 de julio de 2026

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Editorial envivo del ICS

RETRATO SIN PINCELES PARA UN ACUARELISTA

El mes de julio atesora significativas fechas para la cultura cubana, entre ellas el natalicio de uno e los más excelsos declamadores de nuestra tierra: Luis Carbonell.
Luis Carbonell

Luis Carbonell

El mes de julio atesora significativas fechas para la cultura cubana, entre ellas el natalicio de uno de los más excelsos declamadores de nuestra tierra: Luis Carbonell.

Fue el 26 de julio de 1923 cuando nació en Santiago de Cuba Luis Mariano Carbonell Pullés, quizás ya predestinado a la exaltación de la poesía afroantillana, para que con el paso de los años nos deleitara con sus recreaciones de «Secuestro de la mujer de Antonio», «Sensemayá», «Esa negra Fuló», «Los quince de Florita»… y un sinnúmero de estampas y poemas.

Era todavía un adolescente el talentoso y espigado mulato cuando comenzó a declamar en algunas reuniones familiares, a despecho del deseo de sus padres, quienes aspiraban a verlo convertido en abogado o médico. Pero el arte de la declamación y el sentido musical que se le desbordaba, aun antes de haber recibido clases de piano, marcaron en Luis Mariano un destino que nada tendría que ver con juzgados y hospitales.

Nacido, sin embargo, en un ambiente familiar marcado por no pocas inquietudes artísticas, Luis Mariano creció escuchando los poemas escritos por su madre y a sus seis hermanas —todas mayores que él— recitando con profunda sensibilidad cuanta poesía tocara sus más íntimas fibras.

No podía entenderse entonces con la abogacía o la medicina quien ya había reservado su alma para los deliciosos y rítmicos versos de Guillén, Ballagas y Tallet, recorriendo un camino que lo conduciría a dibujar, a pura voz, gestualidad y artística intencionalidad, las esencias de una obra poética que nos reflejaba como nación y como pueblo, llegando incluso a asumir el inédito y difícil empeño de decir estampas y cuentos concebidos solamente para ser leídos por autores de otras latitudes como Pocaterra, Nasso y Garmendia.

Pero fue la poesía afroantillana su máxima carta de presentación entre nosotros y el salvoconducto que le granjearía la admiración de varias generaciones de cubanos. Esos que lo vieran desde la luneta de un teatro o sentados frente a su televisor, con la elegante estampa criolla de un artista que, desde su dúctil voz y sus expresivos gestos hasta las vaporosas mangas de su chaqueta rumbera, añadía una colorida musicalidad al verso.

Cuentan que fue el actor argentino Pepe Biondi —durante muchos años radicado en Cuba— quien dijo por primera vez que, en lugar de recitar, Luis Carbonell matizaba con colores la poesía, como si se tratara de una acuarela. Y tan descriptiva y exacta apreciación bastó para definirlo desde entonces y por siempre como el irrepetible Acuarelista de la Poesía Antillana.

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